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Los reyes de la informalidad

10 de marzo de 2015 02:39 PM
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Apurado porque no pude agarrar un ómnibus para ir a trabajar, subo a un colectivo rumbo a Chimbote. Casi corriendo tomo el último de los asientos traseros del único sedán estacionado en un paradero informal. Es un vehículo no muy viejo con lunas polarizadas, cuyo chofer es un trujillano que antes estuvo parado acomodando las maletas de los viajeros.

En el primer arranque, un joven con voz carrasposa le consulta al conductor si ya abonó los seis soles que debe darle al policía para que deje chambear. “¡Cinco!”, le responde el hombre del volante, agregando que a su regreso le cancela el total. De esta manera, presiona el acelerador y vamos rumbo al sur.

En el vehículo vamos cinco personas, el chofer y la copiloto, sumados a una señora y su hijo de unos nueve años. A mitad de camino, a estos últimos pasajeros se les antoja comer sandía y piden al piloto detener la marcha para comprarle unas rodajas de fruta a una mujer que tiene un puesto ambulante al borde de la Panamericana. Al final, todos se animan y compran su bolsa con sandía, mientras yo como maní con pasas.

Yendo a más de 100 kilómetros por hora -y a veces a 130 cuando el chofer se cree la reencarnación de Ayrton Senna-, el hombre transforma su carro en un bólido de Fórmula 1 y va adelantando a sus “rivales”, como los automóviles, camionetas, tráileres, camiones, y todo vehículo motorizado. No conforme con esto, alguna veces acelera por la derecha.

Cada frenado del colectivo hace que la señora de mi costado desaparezca por un momento y vuelva como si fuera un resorte. Nadie dice nada, tal vez por la adrenalina o por temor a que el chofer pida que nos bajemos del carro en pleno desierto. Muy recomendable para quienes gustan de emociones fuertes.

Samaqueados por la velocidad y los amagues de nuestro chofer, la señora y su hijo botan a la vía la bolsa con un poco de fruta, lo mismo hace la copiloto y, por último, el chofer. “No tenía mucho sabor”, dice la señora intentando justificar el arrojo de la sandía, seguido por el comentario consentidor del colectivero.

A punto de llegar a nuestro destino, un ciclista borracho se cruza por la carretera y estuvimos a punto de ser testigos de una muerte segura. El intrépido conductor logra desviarlo, frena y vuelve para ver al falso deportista. “¡Oe (palabras irreproducibles)!”. Luego, retorna a la ruta y comenta: “nunca es bueno tener un muertito”, a lo que la pasajera, de la mano de su hijo, replica: “¡es un bruto, no sabe ni manejar, irresponsable!”.

Tras llegar al fin al último paradero del colectivero, me cuestiono: somos los reyes de la informalidad. Subí a un colectivo pirata, soy testigo de la coima a un policía, se mantiene a los ambulantes, se arroja basura a la calle, se maneja como desquiciado, y no somos capaces de indignarnos porque no nos damos cuenta de nuestra irresponsabilidad.

El refrán: “Miras la paja en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo” calza perfecto. Después, no nos quejemos tanto de que el Estado no haga nada por nosotros.

Fuente: diariocorreo.pe

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